Luces (sensaciones del alma) Prosa poética

Más allá de la niebla que envuelve al mundo existe el gozo.

Lo conocen las ondas del mar atravesando el infinito hasta llegar a mis pies.

El gozo de la flor es mi vestido perfumado bajo el quietísimo cielo.

Trepo, como una hiedra por la vida, enzarzando, apasionada, mi corazón a los árboles, mientras alguien pronuncia mi nombre con voz de agua.

El mundo refulge.

Destella el agua; destella el acentor sobre el agua; destella el cielo que sostiene el piar del acentor entre sus dedos azules… Y de ellos una nube inquieta brota…

Inclino mi frente como el girasol en la noche. Todo es belleza.

Las montañas lloran oro por su cima. Los niños gritan, y como la hierba, escriben su alegría en verde intenso.

Fíjate: cuando vuela la paloma, siguen sus alas en el azul, aunque ella acabe de posarse. Porque existe un abrazo allá, hacia el que vamos.

En la pletórica noche cada estrella es una palabra divina. Giran, crecen, ríen, se aman… Las busco.

Quisiera alimentarme sólo del gozo de los astros.

***

Dibujo y texto: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Un roce de manos

Dibujo:  https://www.artstation.com/artwork/m5aNZ




1

 Él tenía los ojos verdes y una risa ingenua como una fuente nacida de la roca.
 Ella miraba con ojos tímidos, pero portaba una risa de seta silvestre oculta en el bosque de su imaginación.
Cuando lo espiaba desde la última fila de la clase, él notaba en su nuca el susurro  de un chopo moviendo sus hojas.

  La maestra la sacó a la pizarra. Ella tartamudeó y sintió la garra de la vergüenza en sus hombros. Pero él la estaba mirando… más allá de su cuerpo tembloroso.   Ella pudo notarlo…, y, como una rosa feliz bajo la lluvia, le entregó calladamente la seta de su bosque.

  Al salir de clase se buscaron: dos olas cruzándose en la inmensidad del mar.
 

 Ojos verdes, ojos tímidos; un roce sutil de manos… y alrededor de ellos el aire toma formas de pájaros azules, mientras un dulce olor a vainilla comienza a hacer nido en sus memorias.

2

 Ella prepara el café. Ojos calmos, de arrugas tostadas. Manos de hierba. 

 Él lo coge de sus dedos con los suyos, temblor de agua vieja. Manos de mar.

 Se tocan, se rozan en tibia confianza… Y aflora entre los dos esa amoroso olor a vainilla, y una liviana luna comienza a elevarse por el techo del salón. Y crecen setas por los sillones, salen fuentes de los espejos, se agitan chopos en la lámpara, se escapan las rosas de la tapicería, trinan las ollas…

 Y sólo ellos saben por qué, después de cincuenta años, despega el amor ilusionado al menor roce de sus manos.



*** https://www.youtube.com/embed/9z3jCiCrsx0

El galope azul (Mini relato)

                                           Pintura: caballo azul de Franz Marc https://www.fruugo.es/steve-art-gallery/b-1598

                                              EL GALOPE AZUL

 

“Desfibrilación, rápido!”

 “No, no, se va, se va…”

 “¡Una más, rápido!”

 “Se va…”

 “Se fue.”

 A lo lejos vio el caballo. Era negro como la noche más mansa; brillante como un cúmulo de estrellas en movimiento. Se acercó a la mujer. El viento despeinaba bravamente su pelo, al igual que lo hacía con las sumisas espigas de avena de la llanura. Reconoció aquel campo; era el de su niñez. Las palabras de su padre llegaron a su mente, de golpe, como un estallido de mariposas: “Cuando quieras algo, deséalo con toda la fuerza de tu sangre“.

 Un pequeño rayo de sol resplandeció a la vez en la pupila de la mujer y en la del caballo. Se miraron como si siempre se hubieran conocido. El animal se acercó con suavidad y se agachó para que lo montara. Y ella subió, agarrando fuertemente las cuerdas de ocaso azul que eran sus cabellos. El galope comenzó.

 Las nubes rojizas comenzaron a ondularse en una gran espiral con forma de galaxia, y los dos, apenas adheridos al suelo por las pezuñas veloces del animal, galoparon absorbiendo por la piel las voces triunfales del aire. Todo era para ellos movimiento, intenso y colorido. Entonces ella vio desfilar a ambos lados del paisaje las vidas de ambos. El potrillo saliendo del vientre materno, a la izquierda; sus piececitos de bebé a la derecha; las ilusiones del joven caballo revolcado en la hierba; ella retozando en la arena. Luego contempló su vida adulta y la del caballo; ambas infelices: ella sin salir de su casa por una parálisis; él, atado a un triste poste durante años; finalmente el gran dolor del presente: el caballo cercano a ser sacrificado por una incipiente gangrena, y ella en un hospital, con el electrocardiograma plano. Sin embargo, no había emociones hacia esas imágenes. Se mostraban para ellos como las nubes altas que vagaban sin objeto, ya que sólo la felicidad los envolvía en aquel trote fabuloso.

 Cabalgaron más y más, perdiéndose en la dorada llanura, sintiendo un goce puro, álgido, de total dominio… donde el viento, segundo a segundo, les amaba como una madre; acariciándoles la piel. Por sus bocas pletóricas, la vida gritaba la más sublime libertad.  Ya no existían límites ni resistencias para ellos, tan sólo un infinito horizonte abierto como los brazos de Dios… Más que correr, volaban, azulados como la paz; más que vivir, resucitaban…

“¡Mirad. Ahora vuelve!

 Sí, sí la tengo, la tengo… ¡Increíble! Abre los ojos…¡Y sonríe!”

 La mujer  los miró a todos como si fueran ángeles… Tras un mes de recuperación, salió del  hospital, sin rastro de parálisis cerebral, milagrosamente curada. 

 Llevada por un impulso irrefrenable, tomó su coche y se dirigió a su antiguo hogar de infancia, con el deseo de volver al campo de avena. Tras treinta años, ya no existían cultivos, sino un complejo de chalets. Paseó por las calles al azar, hasta que, tras unas vallas, descubrió el mismo soberbio caballo de su experiencia, con sus cabellos azulados como el ocaso nadando vigorosamente por el aire. Milagrosamente, no había sido sacrificado. 

 El animal, sudoroso, paró su carrera, y se fue acercando al lugar donde la mujer lo contemplaba maravillada. La había reconocido él también. Los dos, rociados de asombro, se miraron. Y sus miradas unidas se prolongaron por la danza infinita de la galaxia.

Brasa y niña

Imagen de John Williams en fivehundredpx · ·

BRASA Y NIÑA

Mis pasos hundidos en tu corazón como árboles de fuego,

te dicen…:

Te amo.

Y tu aliento,

rizando el lago de mi alma,

se hace eco:

“Te amo, te amo…”

El roce de tus manos inunda de flores mis caderas extasiadas,

y hacia el fondo de tus ojos yo me abismo

con una exhalación de mares…

Me ardes en las lágrimas internas;

me arde tu crepúsculo entregado,

mientras cabalgamos,

en un caballo de soles derretidos.

.

Mañana, envuelta en claridades,

sobre mis tiernas cenizas de luz,

abriré los ojos,

y aparecerás…

con un fresco ramillete

de risas amarillas.

Y me harás niña, amor…

Niña riente,

pura y feliz como un arroyo,

entregándote

el dulce otoño de mi boca.

*

Poesía: Maite Sánchez Romero (Volarela)

JUEGOS

Fotografía: Volarela

Sin juegos no hay inocencia. Nosotros éramos el juego

de las puras olas.

Nuestros cuerpecillos desnudos se vestían de espuma

y a cada exhalación de mar

teníamos un traje nuevo.

A veces teníamos pececillos de espuma entre los dedos;

Y a veces una ola bebé

nos dejaba un tirabuzón en la sonrisa.

Y el sol también jugaba…

¡Ay el sol!

riéndose doradamente

desde la arena ardiente

donde dejábamos caer nuestras piel de albaricoques,

fría y bellamente agotada.

Teníamos estrellas de espuma en los ojos

y no lo sabíamos;

luz chorreando en los dedos al tocarnos,

y no lo sabíamos…

…Porque éramos el puro amor galopando libre

sobre las blancas praderas de las olas.

*

Poema y foto: Maite Sánchez Romero (Volarela)