Dos caballos (Viernes en sintonía)

DOS CABALLOS

(Un recuerdo de Escuaín, “Buenos días, Pirineos”)

Cerca de Escuaín, en un collado sin nombre donde dormimos, encontré la estampa de la felicidad. No he visto nunca nada más hermoso.
Como siempre, el esfuerzo había merecido la pena: las vistas eran insuperables, y yo me sentía alegre y serena mientras la luz dorada del atardecer tocaba a mi puerta con su delicada música de violines. Miraba la hierba, que era casi de luz verde, cincelada tallo a tallo por la paciencia de un dios. Entonces tuve la aparición. Sí, porque eso semejaba, una aparición de otro mundo… una visión celestial.
Separándose de su madre y de las vacas que por allí había, dos esbeltísimos potros se acercaron a nosotros. Eran muy jóvenes, posiblemente nacidos hace sólo unos meses. Uno marrón, otro blanco, de largas colas y crines que el sol doraba con reflejos exquisitos. Iban juntos de un lado a otro, como buenos amigos que comparten su descubrimiento del mundo. Nosotros les despertábamos una gran curiosidad. Nos miraban con el asombro de quienes nunca han visto criaturas de dos patas, muy raras con esa cabecita tan pequeña arriba. Creo que éramos los primeros seres humanos que veían pues quizá nacieron allí mismo, en aquel prado solitario. Su mirada conjunta, atenta, pura, es algo que no puedo olvidar. Tenía ese encanto inocente propio de los niños; era una mirada sorprendida, indagadora y a la vez dulce como el mismo atardecer que nos rodeaba. Después de acercarse a menos de dos metros de nosotros, echaron a correr, los dos, al unísono y con un ritmo perfectamente sincronizado, como si fueran un mismo ser dividido en claro y oscuro. Con sus melenas flotantes, con sus colas acariciando el aire en una onda maravillosa, se alejaban… recorriendo caminos de belleza que sólo ellos conocían. Yo sólo puedo contar lo que a mí, como a una privilegiada, me dejaban ver: sus dos estilizados cuerpos iluminados por el oro de la luz última del día, corriendo con total libertad por los prados, con un paso deliciosamente armónico, juguetón, vital, esplendoroso en toda su inocencia.
Dos seres bellísimos me mostraban el rostro de la felicidad, con aquellos trotes hacia ningún lugar, hacia la belleza del juego por el juego, de la alegría por la alegría, de la amistad por la amistad… Me rozaron el alma con sus chispas juveniles, espontáneas, divinas. Quedé hipnotizada, retemblando de placer, viéndolos corretear incansables, de un lado para otro, abrazados por la serenidad del paisaje; tuve la ocasión inigualable de palpar la belleza con los ojos del alma: la belleza en movimiento, en ondas de libertad… Un atisbo de la felicidad: un cachito de Dios para mis ojos deslumbrados.

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Fotos de aquel instante mágico. Escuaín (Pirineo aragonés)

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Podéis disfrutar de las fotos de otros compañeros  en este blog de nuestra amiga Esther:

https://presentaciones-ester.blogspot.com/2019/01/viernes-en-sintonia_18.html

 

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Conteos y cuentos. “Este jueves un relato”

Imagen: Google

 

DE CONTEOS Y CUENTOS

 

-Madre, ¿a qué no puedes contar las llamas del fuego?

-Lo voy a intentar, pero antes te voy a contar un cuento de números y de fuegos.

“La segunda hija de Orisibla, Lirna, de la tercera tribu de homo erectus que habitaba el lago Baringo, paseaba jugando a contar moscas con su segundo hijo. Se detuvieron en un remanso de agua que hipnotizó sus dos ojos de miel lánguida. Llevaba a su pequeño peludo abrazado a la cintura como una hiedra tiernísima. Contemplaron juntos  el movimiento jubiloso de un ejército de cuarenta y dos orondos renacuajos. El más tozudo de los renacuajos, el número once, nadaba contra los demás, buscando el origen de la charca. La madre sonrió cuando el niño quiso cogerlo. Éste agarró al airoso tallo número quinientos tres del juncal y, flexionándolo, lo acercó a las moléculas nueve, ochocientos y doce del agua. Éstas se regocijaron al verse movidas contra su voluntad. Se estremecieron luego durante mucho tiempo al recordarlo.

A la madre le encantaba el número tres, el del triángulo; como ése que picotean los pájaros en las manos de la misma aurora y luego lo trinan sus triangulares picos. Tenía tres sentimientos guardados tras la ventanilla redonda de su panza amelonada: cariño, protección y jovialidad. Y los tres eran para su cachorrillo de sonrisa datilera. Le colocó en la frente el sentimiento número uno del cariño y la criatura sintió por diezmilésima vez en su vida la efímera llamarada de un beso rosa.

Las tres colinas trillizas que les rodeaban se cubrieron con la revolución de treinta trillones de átomos gaseosos. Y tres criaturas maravillosas por su esbeltez y esplendor aparecieron al otro lado de la charca. Madre e hijo, estremecidos de pavor, unieron once mil quince pelos de sus cuerpos en un abrazo. Se trataba de dos mujeres y un hombre sin pelo en el cuerpo. A la homínida le entregaron un objeto milagroso que calentaba hasta el alma.

Era la primera vez que contemplaba la furia temblorosa del fuego entre sus cinco cándidos dedos. Y así es como llegó el fuego número uno a la humanidad.

Dime tú ahora qué número hace este fuego nuestro de la chimenea tras más de un millón de años de lumbres,  y entonces empezaremos a contar las llamas.

 

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Maite Sánchez (Volarela) para “Este jueves un relato” que hoy trata sobre el fascinante tema de lo números, de la mano de nuestra compañera Cass. Aquí encontraréis más visiones:

https://lapiazzadellaslunas.blogspot.com/2019/01/participantes-los-jueves-un-relato-3-de.html

 

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Nido vacío (Prosa poética de naturaleza)

 

NIDO VACÍO

A mis pies encuentro un nido vacío. Lo tomo, y siento cómo un cielo de hojas sube por mis brazos. Experimento un palpitar amoroso de plumas cubriendo tres frágiles huevecillos. Alrededor de ellos, las ramitas armoniosamente entrelazadas son el hogar de las futuras bocas desafinadas.
Soplo, sobre el nido, un resto de plumón aún con la música del crecimiento. Huele a inquietud, cobijo y aventura. El viento continúa mi soplido y eleva esa alma tan tenue, tan blanca y tan lánguida hacia arriba.
¿Adónde irá su inocente levedad?
Vuelvo a mirar el redondo vacío de este nido. Está tan quieto, tan detenido en esa soledad suya…
Pero súbitamente, oigo un quebrarse de verdes cristales desde las copas. Hay un ser alado cantando. Y yo me diluyo… despacio… en ese canto que traduce todos los colores palpitantes del bosque. Sobre mi cabeza, continúa su juego musical, deletreando la brisa azul que lo acaricia. Quedamos solos, el pájaro y yo, sobrecogidos en la profunda quietud.
Parece que el instante empieza a anidar en mi cuerpo, y quedo suavemente detenida.
Abro mis ojos, y miro nuevamente en mis manos el nido vacío. Y lo coloco en el suelo como si aún tuviera vida. Y me parece, que tras de mí, él se queda cantando, finamente, con las hebras del tiempo.

 

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Maite Sánchez Romero (Volarela)

Ilustración: Piares (versión en color)

Texto: “La naturaleza en el corazón”.

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Sin ti me palpo (Poema de amor)

 

Sin ti, con tu hueco clavado entre mis brazos,

me palpo

y el aire de mi interior suena

a vientos atrapados en las puertas,

a grillos en el rocío de un lamento.

 

Me palpo un páramo helado.

Me palpo rosas arrugadas en la comisura de los labios.

 

Soy nieve que resbala en el silencio…

Soy pluma flotando en el abismo.

Soy

unos labios que se besan a sí mismos

y encuentran sólo el rastro

seco de tu beso.

 

Me palpo  amapola en llamas,

abrazada a la furia

de mi soledad.

 

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Poema inspirado en  esta ilustración de mi hermana Clara

 

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Viernes en sintonía. El perdón

 

 

 

EL PERDÓN

 

Bajo los pies descalzos

una mariquita se puede encontrar

con un mar dorado en cada antena.

Si no la pisas podrás verla

subir por tus brazos con un goce infantil.

Y tú te llenarás de lágrimas.

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