El galope azul (Mini relato)

                                           Pintura: caballo azul de Franz Marc https://www.fruugo.es/steve-art-gallery/b-1598

                                              EL GALOPE AZUL

 

“Desfibrilación, rápido!”

 “No, no, se va, se va…”

 “¡Una más, rápido!”

 “Se va…”

 “Se fue.”

 A lo lejos vio el caballo. Era negro como la noche más mansa; brillante como un cúmulo de estrellas en movimiento. Se acercó a la mujer. El viento despeinaba bravamente su pelo, al igual que lo hacía con las sumisas espigas de avena de la llanura. Reconoció aquel campo; era el de su niñez. Las palabras de su padre llegaron a su mente, de golpe, como un estallido de mariposas: “Cuando quieras algo, deséalo con toda la fuerza de tu sangre“.

 Un pequeño rayo de sol resplandeció a la vez en la pupila de la mujer y en la del caballo. Se miraron como si siempre se hubieran conocido. El animal se acercó con suavidad y se agachó para que lo montara. Y ella subió, agarrando fuertemente las cuerdas de ocaso azul que eran sus cabellos. El galope comenzó.

 Las nubes rojizas comenzaron a ondularse en una gran espiral con forma de galaxia, y los dos, apenas adheridos al suelo por las pezuñas veloces del animal, galoparon absorbiendo por la piel las voces triunfales del aire. Todo era para ellos movimiento, intenso y colorido. Entonces ella vio desfilar a ambos lados del paisaje las vidas de ambos. El potrillo saliendo del vientre materno, a la izquierda; sus piececitos de bebé a la derecha; las ilusiones del joven caballo revolcado en la hierba; ella retozando en la arena. Luego contempló su vida adulta y la del caballo; ambas infelices: ella sin salir de su casa por una parálisis; él, atado a un triste poste durante años; finalmente el gran dolor del presente: el caballo cercano a ser sacrificado por una incipiente gangrena, y ella en un hospital, con el electrocardiograma plano. Sin embargo, no había emociones hacia esas imágenes. Se mostraban para ellos como las nubes altas que vagaban sin objeto, ya que sólo la felicidad los envolvía en aquel trote fabuloso.

 Cabalgaron más y más, perdiéndose en la dorada llanura, sintiendo un goce puro, álgido, de total dominio… donde el viento, segundo a segundo, les amaba como una madre; acariciándoles la piel. Por sus bocas pletóricas, la vida gritaba la más sublime libertad.  Ya no existían límites ni resistencias para ellos, tan sólo un infinito horizonte abierto como los brazos de Dios… Más que correr, volaban, azulados como la paz; más que vivir, resucitaban…

“¡Mirad. Ahora vuelve!

 Sí, sí la tengo, la tengo… ¡Increíble! Abre los ojos…¡Y sonríe!”

 La mujer  los miró a todos como si fueran ángeles… Tras un mes de recuperación, salió del  hospital, sin rastro de parálisis cerebral, milagrosamente curada. 

 Llevada por un impulso irrefrenable, tomó su coche y se dirigió a su antiguo hogar de infancia, con el deseo de volver al campo de avena. Tras treinta años, ya no existían cultivos, sino un complejo de chalets. Paseó por las calles al azar, hasta que, tras unas vallas, descubrió el mismo soberbio caballo de su experiencia, con sus cabellos azulados como el ocaso nadando vigorosamente por el aire. Milagrosamente, no había sido sacrificado. 

 El animal, sudoroso, paró su carrera, y se fue acercando al lugar donde la mujer lo contemplaba maravillada. La había reconocido él también. Los dos, rociados de asombro, se miraron. Y sus miradas unidas se prolongaron por la danza infinita de la galaxia.

Brasa y niña

Imagen de John Williams en fivehundredpx · ·

BRASA Y NIÑA

Mis pasos hundidos en tu corazón como árboles de fuego,

te dicen…:

Te amo.

Y tu aliento,

rizando el lago de mi alma,

se hace eco:

“Te amo, te amo…”

El roce de tus manos inunda de flores mis caderas extasiadas,

y hacia el fondo de tus ojos yo me abismo

con una exhalación de mares…

Me ardes en las lágrimas internas;

me arde tu crepúsculo entregado,

mientras cabalgamos,

en un caballo de soles derretidos.

.

Mañana, envuelta en claridades,

sobre mis tiernas cenizas de luz,

abriré los ojos,

y aparecerás…

con un fresco ramillete

de risas amarillas.

Y me harás niña, amor…

Niña riente,

pura y feliz como un arroyo,

entregándote

el dulce otoño de mi boca.

*

Poesía: Maite Sánchez Romero (Volarela)

JUEGOS

Fotografía: Volarela

Sin juegos no hay inocencia. Nosotros éramos el juego

de las puras olas.

Nuestros cuerpecillos desnudos se vestían de espuma

y a cada exhalación de mar

teníamos un traje nuevo.

A veces teníamos pececillos de espuma entre los dedos;

Y a veces una ola bebé

nos dejaba un tirabuzón en la sonrisa.

Y el sol también jugaba…

¡Ay el sol!

riéndose doradamente

desde la arena ardiente

donde dejábamos caer nuestras piel de albaricoques,

fría y bellamente agotada.

Teníamos estrellas de espuma en los ojos

y no lo sabíamos;

luz chorreando en los dedos al tocarnos,

y no lo sabíamos…

…Porque éramos el puro amor galopando libre

sobre las blancas praderas de las olas.

*

Poema y foto: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Inundada (poema en prosa de amor)


INUNDADA


Entre los molinos de viento del recuerdo hay un trozo de pan estremecido:
Es él.
Sus manos trazan arpegios en las nubes amarradas a tus ojos.

Tienes la carne arrugada por los instantes azules y constantes de las aguas compartidas.
Otra vez quieres mojarte. Sólo anhelas bucear en el mar de aquel pecho profundo.
Acariciar de nuevo sus cabellos con las algas de tus dedos clamorosamente conmovidos.

Y un tinte frío en tus uñas comienza a aparecer.
Te tragas más agua de sus labios fracturados por el tiempo.

La risa congelada de la nieve arrastra tu soledad por los brazos duros del glaciar…

Y tu vuelves, polilla de lluvia, a gotear tu anhelo de abrazarlo.

Pero todo es un sueño cóncavo, resbaladizo… caracola profunda donde a lo lejos brillan vuestros pies…
como amapolas hermanas.

 

***

 

Poema en prosa y fotografía: Maite Sánchez Romero (Volarela)