La naturaleza en el corazón.

 

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Os presento mi nuevo libro sobre la naturaleza. Escrito en prosa poética e ilustrado por mí en tinta y blanco y negro.

Como lanzamiento, lo estoy repartiendo gratis en Pdf.

Y dentro dedos meses estará también en la versón en papel por Amazon.

No es fácil hablar de él, porque es algo que forma parte de mí… Es el fruto de muchos años de encandilarme con la naturaleza y pasar a papel mis impresiones: poéticas siempre… y llenas de emoción…  Todas esas pequeñas vivencias, estampas, enamoramientos de mi alma al contemplar la vida maravillosa, quedan aquí reunidas en 90 páginas: un burro que rebuzna alocado, un río que te envuelve y acoge, un bosque místico, la belleza sencilla de las palomas, una ascensión hermosa, un amanecer entre montañas, un caballo nostálgico, etc…

Espero que os guste, y disfrutéis leyéndolo tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

Aquí dejo el libro para el que quiera leerlo en línea o descargarlo a su ordenador:

https://drive.google.com/file/d/0BzoXVU99cmHMTmdkdUtCUFJxR3M/view?usp=sharing

Y aquí, el enlace de Issuu, para que le echéis un vistazo general:

 

 

 

 

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Canción de acantilado

 

Tú lo sabías. Sabías que desde el acantilado tu vida podía desgranarse en gaviotas de espuma.
El acantilado siempre estaba ahí, rompiendo los cristales de tus lágrimas, vertiéndolas por sus paredes piadosas. Y tu pie, – ¡ay tu pie!- quería bailar con las olas adormecidas de aquel agua… Útero cercano donde beberse la suavidad completa del mar.
Pero volvías tus pasos a la hierba adusta, que sentía tu huella humana tan pequeña como un grillo pariendo su tristeza en miles de huevos.
Luego te tumbabas y cerrabas los ojos… y el cenit de estrellas comenzaba a rozar tus párpados cubiertos de incertidumbre.
Pero una noche, una música brotó de las piedras del acantilado y se acercó a tu oído. Te llamaba con resonancias siderales tan hermosas como un corazón latiendo a la vez en todas las estrellas. Te contagiaba su calma, su armonía irresistible y se adhirió a ti como las lapas a la roca.
Y ahora, cada mañana, vuelves al pueblo cantando esa canción cuya letra sólo el acantilado conoce: la misma que te salvó.
Los niños te llaman loco. Pero tú a todos los miras con ojos de precipicio y sonrisa imparable de libertad.
***

 

***

Foto y relato:  Maite Sánchez Romero (Volarela)

Publicado en Pequeñas historias

Paz

 
 
 
Paz. Tan pura como el agua. Paz.
Y el silencio de un niño que contempla el movimiento de  los
árboles… 
 
 
 
 

Paz. Oleadas de flores blancas por tu espalda…

 

 
 
 
Paz intensa.
Paz  de roca.
Quietud de raíz tejiendo los sueños de la Tierra…
 

 

 
 
 
 
Los peces burbujean paz… y nadan por un sueño de olas de
bronce….
Nadan… Nadas…
Y eres la paz que acaricia con música de estrellas el corazón de
la flor. Eres el
labio que pronuncia en soledad una palabra refulgente, muy despacio, frente al
fuego:
 
 “Vida…”
Vida… o soles líquidos buscándose por las venas de todos los seres.
 
 
 
 
 
Fotos y texto: Volarela (Maite Sánchez Romero)
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Sin más…

 
SIN MÁS…
 
Sin ojos las raíces
me ven; 
y en la incógnita tibia intuyen mis manos
acariciando la tierra
dormida como un pequeño pájaro.
Sin luz, la noche me
medita… 
y suspira derramando polillas de fuego en mi sueño.
Sin brazos, el mar
me mece… 
y humedece mi piel con el ritmo de los números infinitos.
Sin pies los árboles
siguen  la sombra verde de mi amor… 
y se estremecen sus hojas como coros de ángeles.
 
Sin más que mis
manos recojo miríadas de pétalos agradecidos,
cayendo desde las
cumbres de la primavera,
oliendo a Dios.
 
Sin más que mi vida libero palomas al océano:
lágrimas de entrega blanca.
 
 
***
 
 
Fotos y poema: Maite Sánchez Romero 
 

 

Publicado en Poesía y prosa espiritual

Dos en la tarde

Anc. y niño

Allí el viejo. Mira sus manos manchadas con la flor del azafrán. Sus arrugas toman un tono anaranjado: y vislumbra el amanecer en su carne.

Allí el niño. Corre entre las espigas; y ellas celebran que sea el potro de la inocencia el que de vuelo a sus semillas.

Arrecia el viento y al niño se le cae la sonrisa viva como una pluma rosada entre las flores. El viejo, que bajo un algarrobo lo contempla, deja salir una lágrima honda como la que exuda un pino que ha vivido mucho. El niño tiene tierra en las rodillas y una catedral de polen en el pelo… Sigue con ojillos cascabeleros a una ardilla, que trepa por un tronco con ardor de nube incendiada.

El niño tira del pantalón del abuelo. Lo conduce por el río alborotado de su ilusión. Ambos caminan salpicados por la luz, delicada como una orquídea. Y todo se detiene un instante; y hasta el romero contiene su respiración violeta. Se trata de aquella mano arrugada y grande de roble, envolviendo a la otra, pequeña y dócil como las mariquitas.
El campo extiende su llanura alrededor de los cuerpos. Puntos de flores y un aire silente los recogen en su cálida respiración sin tiempo.

En el suelo hay un nido. Está vacío y emana un aroma vivo de ausencias. El niño lo coge, y mirando al anciano le pregunta dónde están los pájaros que vivieron ahí. Movido por la brisa, un solitario plumón sale del nido y queda flotando en el aire remarcando la quietud blanca de la vida. Cae…

El viejo le acaricia el cabello y le señala los trinos que comienzan a escucharse como arpas nuevas en la lejanía bañada del atardecer.
Las sombras trazan un arpegio de ternura bajo sus pies.

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