Las abejas sencillamente son

                                     Foto: Google
 
Las abejas liban. Las abejas van y vienen con su comida entre las patas y las alas. Las abejas acunan el universo de sus celdas con sus zumbidos labrados desde la eternidad.
 
Nada las rebela. Nada atormenta ni agita sus íntimos pensamientos. La calma duerme en sus antenas. El tiempo charla con ellas de cosechas y deberes, de relojes que no paran, pero que saben a miel de sosegados soles. Y ellas lo aceptan todo limpiándole con brío las alas al dios de las flores.
 
Quién ha dicho que no piensan, que tan solo existen unas rayas que zumban entre los pétalos, inconscientes de las manos del mundo.
 
 Quién dijo alguna vez que esas máquinas carecen de alma, cuando hasta el viento evita la picadura de sus voluntades.
 
Sus cuerpos forman entre todos un oscuro santuario, perfecto y cálido, trenzado por irrompibles engranajes de cera. El ídolo que adoran se llama “Perfección”.
 
(Ellas -piensa el monte ondulado que las ve volar- cumplen día a día su misión con la precisión de los astros; hasta dejar caer sus vidas silenciosamente sobre mis prados. Luego, alguien las toma de las alas y las trasporta blandamente. ¿Adónde? Seguramente donde las flores prolongan su exquisita canción.)
 
Las abejas no preguntan al río por qué hoy viene seco; esconden el miedo a la muerte entre el romero; su religión se llama actuar; sus rezos son la miel.
 
Ignoran que han hallado la clave de la felicidad: Ser aquello para lo que uno ha nacido.
Nadie es más fiel a sí mismo que ellas. 
Pura y simple felicidad sin labios que sonrían.
 
 
(Maite Sánchez Romero: La naturaleza en el corazón. 2016)
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Acerca de volarela

Entusiasta de la vida, amante de aprender, hechizada por el arte, inspirada en el misterio, aspirada por Dios...
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