Dos en la tarde

Anc. y niño

Allí el viejo. Mira sus manos manchadas con la flor del azafrán. Sus arrugas toman un tono anaranjado: y vislumbra el amanecer en su carne.

Allí el niño. Corre entre las espigas; y ellas celebran que sea el potro de la inocencia el que de vuelo a sus semillas.

Arrecia el viento y al niño se le cae la sonrisa viva como una pluma rosada entre las flores. El viejo, que bajo un algarrobo lo contempla, deja salir una lágrima honda como la que exuda un pino que ha vivido mucho. El niño tiene tierra en las rodillas y una catedral de polen en el pelo… Sigue con ojillos cascabeleros a una ardilla, que trepa por un tronco con ardor de nube incendiada.

El niño tira del pantalón del abuelo. Lo conduce por el río alborotado de su ilusión. Ambos caminan salpicados por la luz, delicada como una orquídea. Y todo se detiene un instante; y hasta el romero contiene su respiración violeta. Se trata de aquella mano arrugada y grande de roble, envolviendo a la otra, pequeña y dócil como las mariquitas.
El campo extiende su llanura alrededor de los cuerpos. Puntos de flores y un aire silente los recogen en su cálida respiración sin tiempo.

En el suelo hay un nido. Está vacío y emana un aroma vivo de ausencias. El niño lo coge, y mirando al anciano le pregunta dónde están los pájaros que vivieron ahí. Movido por la brisa, un solitario plumón sale del nido y queda flotando en el aire remarcando la quietud blanca de la vida. Cae…

El viejo le acaricia el cabello y le señala los trinos que comienzan a escucharse como arpas nuevas en la lejanía bañada del atardecer.
Las sombras trazan un arpegio de ternura bajo sus pies.

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Acerca de maite

Amante de los libros, el arte, la naturaleza y los viajes. Y difundiendo todo esto en la medida de lo posible.
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