Las manzanas

Allí estaban,
¿recuerdas?
Sobre el paño bordado
a la luz del candil,
con sus llamas rojas
de compacta cera,
tentadoras en su luz generosa;
con aquel aroma de sombra de huerto,
despidiéndolo
como campanadas de redondo frescor
en el cielo raído,
cerrado,
de nuestra casa.

Y, ¿recuerdas?,
cuando se mecía la abuela
con uno de aquellos rotundos capullos en las manos,
y nos decía
con voz hilvanada en la ternura:
comed,
comed manzanas,
porque son
corazones de ángeles
nacidos de los árboles
para los niños;
para que sean buenos.
Comed,
comed manzanas.

Y les poníamos plumas,
y les pintábamos sonrisas,
para después dejar mordiscos tímidos y lentos
sobre aquella piel sagrada,
verde, dorada y cárdena.
Luego,
con la ropa vieja
jugábamos a monstruos,
princesas y demonios,
persiguiéndonos por la playa,
corriendo, riendo,
alocadamente,
mientras graznaban las gaviotas.
Pero nuestros graznidos de polluelos hambrientos
eran más altos,
más intensos,
más devoradores de azul.
Gritábamos de miedo,
de placer, de alegría,
enmudeciendo el clamor de las olas,
vistiéndonos de arena,
revolcándonos en el sol,
bombardeando la tarde
con pelotas de ilusión.
Y cuando volvíamos
con los primeros grillos de la noche,
el fuego que mecía el hogar
con su calmado crepitar nos esperaba,
y también las manzanas
relucientes,
quietas siempre;
su mansedumbre olorosa detenida,
esperando,
un último mordisco de paz y sueño.

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Acerca de maite

Amante de los libros, el arte, la naturaleza y los viajes. Y difundiendo todo esto en la medida de lo posible.
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